Mi primer parto

El parto de mi hija mayor un parto largo, pero largo, laaaaaargo de verdad.
Como buena primeriza me informé mucho, leí artículos técnicos sobre el parto, leí relatos de partos, asistí a tantas clases de preparación al parto como pude e incluso me aventuré a ver partos por youtube. La información es poder y cuanto más conocía más preparada me sentía. Tenía muchas ganas de dar a luz, de vivir la experiencia y de tener a la peque en mis brazos.

No recuerdo muy bien los días previos al parto. Sé que estábamos impacientes pero también tranquilos de que todo iba a ir bien. No tuve muchas contracciones de Braxton Hicks ni demasiado malestar, o al menos no más del ya habitual en el último mes de embarazo. Intentamos seguir haciendo vida normal y caminar mucho para ayudar a encajar la cabecita de la bebé.

Pasados 2 días de la fecha probable del parto, a las 11 de la noche, mientras veíamos una serie en el sofá empecé a tener molestias. Sobre las 12 vi que eran contracciones y que eran bastante rítmicas y decidimos empezar a contabilizarlas. Eran suaves, cortas y cada 12 – 15 minutos, más o menos. Es decir, aún no estaba de parto. Pero estaba tan emocionada que decidí meterme en el “mundo parto”, sentarme en la pelota de pilates que habíamos comprado unas semanas antes, concentrarme en la respiración y vivirlo tan intensamente como me lo había propuesto. Con el tiempo he visto que eso fué un error. Con ese tipo de contracciones tendría que haberme ido a la cama y descansar todo lo que pudiera. De haber sabido lo que me esperaba te aseguro que hubiera tomado otras decisiones.

La cuestión es que pasé así toda la noche. Jey fué descansando a ratos, y a las 7 de la mañana decidimos irnos al hospital. Las contracciones ya molestaban un poco más, eran cada 8 – 10 minutos y como ya habíamos pasado muchas horas en casa pensé que era el momento de irnos.

Total que nos plantamos en el hospital, con toda la ilusión del mundo y en plan “¡estamos de parto!”. Y ahí llegó el primer chasco. Cuello blando y 1 cm de dilatación. ¡Para casa! Pensé: Ok, no pasa nada, hemos pagado el pato de primerizos pero ahora esto ya está en marcha. Me fuí a casa súper positiva y contenta de poder seguir la dilatación tranquila en mi hogar.

Llegamos a casa sobre las 12 de la mañana y yo seguía con contracciones cada 8 – 10 minutos. La cosa no paraba pero tampoco arrancaba del todo. Fué pasando el día y yo intentaba relajarme como podía, me metí en la bañera, me ponía en la pelota, caminaba… Llegó la noche y todo seguía igual, contracciones cada 8 – 10 minutos… Intentaba estar relajada y confiar en mi propio cuerpo pero cada vez estaba más nerviosa, dolorida e incluso enfadada. ¿Como podía ser que después de tantas horas siguiera igual? Estaba cansada, no había dormido, no había comido (no me entraba nada) y sentía que el parto estaba estancado.

Pasó la noche y sobre las 6 de la mañana desperté a mi pobre marido, que tampoco había dormido en condiciones, ni comido, ni nada, y le dije que ya no podía aguantar más. Ya no sabía qué hacer, estaba incómoda en casa y me quería ir al hospital. Yo sabía que seguía sin estar de parto, porque las contracciones en ese momento eran cada 7 – 8 minutos, pero de alguna manera necesitaba cambiar de espacio y tenía la esperanza que en el hospital la cosa avanzaría.

¡Nos vamos al hospital de nuevo! El trayecto de 30 minutos fue más incómodo que el del día anterior… No sabía qué postura coger cuando me venía una contracción y fuí perdiendo el control. Cuando por fin llegamos al hospital, gritaba de dolor y tuve que hacer un gran esfuerzo para tumbarme en la cama y dejar que me examinaran. Intenté relajarme y pensé: ¡ahora sí que sí!, ésta es la buena. Y ahí llegó el segundo chasco: Cuello borrado y 1’5 cm de dilatación. ¡Para casa!

¿¿¿Qué??? ¿Que sólo he hecho medio centímetro en casi 20 horas? No me lo podía creer. Me derrumbé. Estaba agotada y enfadada, y le supliqué llorando a la comadrona que no me mandaran a casa. Llamó a la ginecóloga que me volvió a explorar y dió el mismo veredicto. Le supliqué la epidural. ¡¡Yo!! Que iba con la intención de un parto natural… Qué ingenua me sentí en ese momento… Me dijo que no me podía poner la epidural hasta los 4 cm, pero le debí dar tanta pena que, al final, “a riesgo de acabar con una cesárea” (palabras textuales de la ginecóloga), accedió a ponérmela.

Me llevan a una sala a monitores, en una contracción vomito encima de Jey. Él hace como si no pasa nada (luego supe que su ropa estaba en el coche y fué manchado y apestando un montón de horas, el pobre) y me sigue apoyando en cada contracción y entre ellas, porque no conseguía relajarme y el dolor no desaparecía. La verdad es que no sé qué hubiera hecho sin él.

Finalmente me llevan a la sala de partos y sobre las 10 me ponen la epidural. Le dicen a Jey que tiene que salir pero él les promete que no se desmayará ni se van a enterar de que está ahí, así que le dejan quedarse, pero en un rincón. Me ponen la epidural, me baja la tensión de golpe, me mareo y me voy. Cuando vuelvo en mí siento a la gine zarandeando a la niña dentro de mí (literalmente) porque a ella también le habían bajado las constantes y necesitaba “despejarla”. Ese fué un susto gordo para Jey y para mí, aunque parece que pasa bastante a menudo y ellos no le dieron mucha importancia.

Y por fin llegó la paz, la calma y el sosiego… El dolor había desaparecido, todo el mundo salió de la sala, nos quedamos solos en la penumbra, me tumbé, mi marido se sentó a mi lado y se apoyó en la cama conmigo. Y dormimos. Dormimos durante dos horas que nos sentaron de maravilla. En ese momento daba gracias por la epidural… Después de tantas horas necesitaba descansar y pese a que mi plan de parto se había truncado, estaba contenta y agradecida.

Después de esa maravillosa siesta vino la gine, me miró y dijo que ya estaba en dilatación completa y que ya era hora de empujar. ¡Me pareció increíble! ¡En dos horas pasé de 1’5 a 10 cm! Ese rato de descanso que me dió la epidural sirvió para que mi cuerpo se relajara y pudiera hacer lo que se suponía que tenía que hacer.

En ese momento la gine nos comenta que me va a romper la bolsa, ya con la pedazo de aguja en las manos (¡me pareció larguísima!). Yo me puse nerviosa. En mi plan de parto (que nadie me pidió, por cierto) tenía escrito que no quería que la rompieran. Se lo comentamos pero su respuesta fué: “chica, cuando te pones la epidural compras el pack entero”. Eso me supo mal… Me podría haber explicado que con la epidural hay riesgo de que el parto se alargue demasiado e incluso de que se estanque, y que rompiendo la bolsa ayudan a agilizar el proceso. Eso hubiera sido profesional y de buena educación. Lo otro estuvo mal. Y yo me sentí mal, me sentí débil e indefensa… Que pena que aún haya profesionales que traten así a las parteras, como si fueran niñas pequeñas que no saben lo que están haciendo… Por suerte son la minoría y esperemos que poco a poco vayan desapareciendo.

Una vez rota la bolsa llegó la comadrona y empecé a empujar en cada contracción. Yo podía mover las piernas perfectamente pero no sentía nada de dolor. Al cabo de una hora de pujos la comadrona nos propuso tomar un descanso. Nos dijo que cuando viéramos la contracción subir en el monitor siguiera empujando, pero suave, sin cansarme demasiado. Y así lo hicimos.

Después de media hora solos, empujando suave en cada contracción y un poco nerviosos ya, la verdad, el efecto de la epidural se fué desvaneciendo, y en cuestión de pocos minutos empecé a tener dolor otra vez. Ahí me entró el pánico. No quería volver a tener el dolor con el que llegué al hospital, y encima tumbada en la cama sin poderme mover… Así que pedí otra dosis y me la pusieron. La diferencia fué que esta vez la pierna izquierda se me quedó totalmente dormida y además perdí la sensación de pujo por completo… Cuando volvió la comadrona para seguir empujando yo no sentía nada de nada y eso me frustró un poco, pero pensé que encontrar la dosis perfecta es muy difícil. Encontrar aquel punto en que sientes perfectamente tu cuerpo pero no hay dolor es casi una lotería, porque la anestesia afecta a cada persona de forma diferente y los anestesistas no son adivinos. Así que me conformé, me armé de positivismo y seguí empujando confiando en que la comadrona me guiaría. Y así fué.

Poco a poco Pichulina fué bajando y finalmente asomó la cabecita, pero en cuanto dejaba de empujar se volvía a meter para adentro. Entonces me ofrecieron un espejo y lo acepté. Ver la cabecita salir me ayudó a focalizar bien la fuerza y ayudar a la peque. Jey me daba la mano pero también se asomaba para ver la cabecita y sus palabras de ánimo y de apoyo reforzaban mi esfuerzo en cada contracción. De mi boca salió un “no puedo” y tanto él como la comadrona gritaron “¡Sí puedes!”. El sentir que tu pareja confía tanto en ti, en lo capaz que tú eres, te da una fuerza descomunal para seguir adelante. Así es como me sentí en ese momento.

Justo entonces una segunda comadrona que entró (y que, por cierto, ni se presentó) me ofreció una “ayudita”. Le dije que vale y en la siguiente contracción ¡se apoyó con el brazo encima de mi barrigón, apretando con fuerza! Al instante le quité el brazo de encima mío y le dije que gracias pero que yo sola me apañaba… ¡Vaya tela! Sin avisar ni nada… En fin. La cuestión es que finalmente, después de mucho esfuerzo, salió la cabeza y enseguida el resto del cuerpo. Eran las 14:39. En esos momentos la segunda dosis de epidural ya estaba empezando a irse y noté perfectamente como salía la peque. Me la pusieron encima enseguida, Jey cortó el cordón cuando dejó de latir, me pusieron 4 puntos para cerrar un pequeño desgarro y nos dejaron allí, los tres solos, durante un par de horas que fueron maravillosas. Pichulina estaba muy despierta y enseguida se agarró al pecho. Nos miraba con esos ojos grandiosos y nos enamoramos de ella al instante y para siempre.

 

 

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