Mi segundo parto

Cuando Pichulina tenía 19 meses volví a quedarme embarazada. Teníamos unas ganas locas de aumentar la familia y esta vez fue muy rápido. Cuando decidimos ir a por él, me quedé. Tengo que reconocer que no me lo esperaba, ya que con la mayor tardamos 6 meses en conseguir el embarazo y, aunque ya llevaba dos días de retraso, hice el pis en el palito con un poco de escepticismo. La alegría fue máxima al ver aparecer la segunda rayita. Muy suave, pero ¡allí estaba!

Durante todo el embarazo revisé y recordé mi primer parto (que puedes leer aquí) repetidas veces. Pensaba en qué cosas me gustaría que fueran diferentes, qué cosas quería cambiar de mí misma y cuáles del entorno. También pasó por mi cabeza la posibilidad de dar a luz en una casa de partos, pero siempre lo acababa descartando por el tema económico. Volví a leer, a recordar las fases del parto, a leer testimonios y relatos de parto y a verlos por Youtube otra vez. Y durante esos nueve meses fui haciéndome una idea de cómo me gustaría que fuera este parto, aunque siempre teniendo en mente que en ese momento tendría que estar abierta a todas las posibilidades y ser flexible, para no frustrarme.

Esta vez tenía claras dos cosas.
La primera. No quería epidural. El recuerdo que tengo de ella es agridulce, pero finalmente me pesó más lo malo que lo bueno, así que decidí ir a por todas con el parto natural, preparándome a conciencia y sabiendo a lo que iba.
La segunda. Quería pasar la mayor parte del tiempo de dilatación en casa y llegar al hospital con el parto bien establecido o incluso ya lista para dar a luz. Me preparé tanto como pude, sobretodo psicológicamente, ya que, esta vez, que ya sabía de qué iba la cosa, tenía un pelín más de “miedo” al parto.

Llegué a las 40 semanas con muchas contracciones de Braxton Hicks, alguna incluso dolorosa al punto que me tenía que parar si estaba andando. Fuimos a la revisión y todo estaba perfecto. 40+3, revisión y todo igual. 40+5, revisión y todo igual. En esa revisión le pedí al gine que me hiciera un tacto. Estaba un poco inquieta y quería saber si las contracciones que iba teniendo habían hecho algo de trabajo. Me dijo que estaba muy verde, que no me pondría de parto ni ese día, ni el siguiente, ni al otro. Nos empezó a hablar de inducción ya que, en base a su experiencia, a partir de la semana 41 ya empezaba a haber riesgo para el bebé. Nos quiso meter el miedo en el cuerpo. Y lo consiguió.

Salimos de la consulta sin saber qué hacer. Aparentemente estaba todo bien. El bebé se movía, el líquido seguía siendo suficiente y no había signos de que algo fuera mal. Nosotros, que habíamos hecho los deberes y nos habíamos informado bien, sabíamos que podíamos esperar hasta la semana 42 si no había problemas, sabíamos que la inducción también tiene riesgos y que es mejor que el parto se desencadene por si solo. Después de hablar un rato sobre el tema, decidimos calmarnos y esperar. Todavía faltaban dos días para cumplir la semana 41. Cuando llegara el momento ya veríamos qué hacer.

Pasó la tarde y el día siguiente. Ese día me metí 10 km en el cuerpo, aunque toda esa semana ya había caminado mucho. Pero ese día fue brutal. Pensé: “a este lo dejo yo hoy bien encajado”, jajaja! Además me tomé una taza de chocolate bien cargadita después de comer y una infusión de canela (bastante asquerosa, por cierto) después de cenar. Esa era la última noche antes de cumplir 41 semanas. Si no pasaba nada, al día siguiente tendríamos que decidir qué hacer y no me apetecía volver a encontrarme con ese gine y en esa situación.

Nos fuimos a dormir un poco desanimados… Pensé que si a las 12 de la noche no tenía ni una contracción esa noche ya no pasaría nada. Pero…(¡!) A las 3 menos cuarto de la mañana me desperté con dolor. Me emocioné y luego me calmé. No quería darme falsas esperanzas a mí misma. Me volví a dormir. A los 10 minutos otra vez. Y otra vez y otra. Así pasé una hora, con contracciones cada 10 minutos. Recordé mi primer parto y decidí quedarme tumbada en la cama y descansar al máximo, no quería desperdiciar fuerzas.

A las 4 desperté a Jey y le dije que tenía contracciones y que esta vez tenían ritmo. Me miró con cara de emoción y le dije que tranquilo, que sólo hacía una hora y que la cosa iba para largo. Decidí seguir en la cama pero las contracciones empezaban a molestar y ya no las aguantaba tumbada. Empecé poniéndome a cuatro patas, pero enseguida tuve que levantarme. Lo único que me aliviaba el dolor era apoyarme o colgarme de algún sitio, echar el cuerpo adelante y balancear la cadera.

Iba pasando el tiempo, esta vez no contabilizamos las contracciones porque justo acabábamos de empezar y no queríamos obsesionarnos, pero yo sentía que la cosa avanzaba muy rápido. Las contracciones cada vez eran más seguidas y más dolorosas.

A las 6 y media de la mañana ya estaba muy incómoda. No sabía cómo ni dónde ponerme. Pensé: “otra vez igual, sólo llevas 4 horas de contracciones y ya no puedes más, quizá no estés hecha para esto…”. Le dije a Jey que quería ir al hospital y que pediría la epidural. Él me dijo que vale, que cogía todo y nos íbamos, pero también me recordó el motivo por el cual había decidido parir sin epidural, cosa que le agradeceré toda la vida. Me hizo olvidar el dolor por un momento y me hizo recordar las ganas que tenía de tener un parto natural. Gracias a eso me dije a mí misma que podía aguantar un poco más y decidir más adelante”.

La media hora que tardamos en salir de casa fué la peor. Él iba cogiendo las cosas que, la verdad sea dicha, estaban un poco desperdigadas por la casa, pero cada vez que yo tenía una contracción, cada 3 minutos más o menos, le gritaba para que viniera y estuviera conmigo. Le necesitaba a mi lado. Aquello ya dolía mucho y no podía soportarlo sola. Eso hizo que tardásemos bastante más en salir de lo que teníamos previsto. Yo empecé a perder el control. Lo único que hacía era gritar y quedarme muy rígida con cada contracción. Sabía que eso no me ayudaba pero no podía controlarlo. Ya en el garaje, en la última contracción antes de entrar al coche, solté un grito que creo que despertó a todo el vecindario. En ese momento mi precioso marido volvió a mi rescate. Me dijo muy serio que tenía que calmarme, cosa que me molestó mucho. Me sentí incomprendida y le dije de mala manera, gritando y llorando que no era tan fácil, que dolía mucho. Pero él, muy calmado me dijo que yo podía, que era muy fuerte, que no intentara huir del dolor sino abrazarlo, que me enfocara en el dolor para poder controlarlo.

Me metí en el coche e intenté pasar las primeras contracciones como podía. Fué terrible. Me agobié mucho al no poderme mover. Le pedía a Dios que me quitara el dolor durante el camino… pero volvían, una detrás de otra. En ese momento me di cuenta de que tenía 30km hasta el hospital y que nada podía cambiar ese hecho. Sabía que tenía que ir esos 30km ahí dentro y tenía dos opciones, seguir como hasta el momento, osea, fatal, o cambiar la táctica. Decidí poner en práctica lo que Jey me dijo y focalizarme en el dolor. Me quedé quieta y esa siguiente contracción en el coche fué tremenda pero la soporté, la controlé. No tenía que desear que parase el dolor, tenía que querer soportar ese dolor. Y así lo hice. A partir de ahí mis recuerdos del viaje son borrosos. Entré en un estado de meditación impenetrable, Jey me hablaba pero no le oía (luego me lo dijo) e iba repitiendo una oración: “Dame las fuerzas para seguir”.

Llegamos al hospital a las 7:30, aparcamos y nos metimos en el ascensor. Las contracciones eran ya cada minuto. Fuimos a la ventanilla de admisión, yo seguía en mi mundo. Jey le dijo al chico que estábamos de parto, él le dió la pulserita y nos acompañó a la zona de maternidad porque el camino era un poco complicado y, por como me vió, le daba miedo de que no llegáramos. En cada contracción me tenía que parar, me tapaba los ojos con las manos, apoyaba los brazos y la cabeza en la pared y hacía un sonido de aaaaaaaa, largo, grave, suave, sin gritar. Me ayudaba a pasar la contracción y a soportar el dolor.

Por fin llegamos a la puerta de la maternidad. En ese momento me vino otra contracción, empecé con mi ritual y la chica que nos abrió esperó paciente y cariñosamente. Cuando pasó la contracción y levanté la vista me dijo con una sonrisa que lo estaba haciendo muy bien. “¡Gracias!” pensé. Que me recibieran así me dió ánimo y la esperanza de que no tendría que luchar por un parto respetado.

Entramos en una sala y por primera vez, desde la contracción del garaje, me rompieron la dinámica. La comadrona, sin nada de empatía, me pidió que me tumbara para explorarme. Le dije que no podía. Y su respuesta fué: “¿Y cómo quieres que te mire, mujer?” ¡Pues no sé! ¡Agáchate, que no te vas a partir la espalda! Pero no, no le dije eso. Eso solo pasó por mi mente y me tumbé como pude. Veredicto: 6 cm. Tengo que reconocer que ahí me desmoroné un poco… Por el dolor que tenía esperaba haber dilatado más… Mientras todo eso pasaba por mi mente, la comadrona escuchó el corazón del bebé, que no parecía sonar demasiado bien. Durante la contracción le bajaban mucho las pulsaciones y eso puso nerviosos a todos los que estábamos en la sala. Automáticamente me preguntó qué tipo de parto quería, natural o medicalizado. Me quedé en silencio. No sabía qué responder. Aún faltaban 4cm de dilatación y no sabía si podría aguantar el dolor mucho más tiempo, estábamos nerviosos por el bienestar del pequeño y la comadrona, que no era miss simpatía, que digamos, no me daba confianza. Pero Jey, que me conoce perfectamente, respondió por mi. “Natural” dijo y yo asentí y agradecí que diera ese paso adelante.

En ese momento apareció por la puerta la ginecóloga que me había llevado el embarazo por la mútua. Resulta que estaba acabando la guardia en el hospital pero al oír a una partera gritando decidió sacar la cabeza, con la coincidencia de encontrarme ahí. Le pedí que se quedara y me atendiera ella, cosa que a la comadrona no le hizo mucha gracia. Me levanté para ir a la sala de partos naturales y ¡pam!, contracción bestial y una fuerza interior que empujaba y que no podía controlar. Pensé “¡¡¡estoy empujando sin querer y solo estoy de 6!!!”. De dentro me salía un grito diferente, desgarrador, quebrado. Ya no me valía el aaaaa suave y controlado. Ahora era algo mucho más intenso e incontrolable. Caminé un poco más y a los pocos segundos otra contracción. Gritando dije que estaba empujando y no podía remediarlo. La gine me dijo que tranquila, se agachó y me exploró (¿Ves? Y no se partió la espalda). Dijo que ya estaba en dilatación completa. Me pareció alucinante que en sólo dos contracciones y menos de dos minutos hubiera acabado de dilatar. Caminé un poco más y entré en la sala de partos naturales, que por suerte estaba justo al lado. La chica que nos abrió cuando llegamos me preguntó dónde me quería poner, la silla de partos, tumbada en la cama… Yo me apoyé con los brazos a los pies de la cama y dije: “Aquí, de pies”.

Entonces pusieron unas gasas en el suelo, justo debajo de mí. Vino otra contracción. Jey me sostenía por detrás y me aguantaba por los brazos. La gine se agachó y me daba la mano. Me temblaba todo, pero ya no había dolor, sólo unas ganas tremendas de empujar. En la siguiente contracción salió la cabeza y la gine vió que Little A venía con una vuelta de cordón, por eso le bajaban las pulsaciones en cada contracción. Me dijo que esperara, que intentara no empujar. Le quitó la vuelta del cuello y en la siguiente contracción salió el resto del cuerpo. Eran las 7:39. Sin duda los 9 minutos más intensos de mi vida.

Me senté en un balancín que alguien puso detrás de mí y abracé a mi pequeñín, que estaba un poco azul y aún no había arrancado a llorar. Le frotaron la espalda e incluso la gine le cortó el cordón por si se lo tenía que llevar a reanimar, pero enseguida reaccionó y lloró. Nos tumbamos en la cama y enseguida se enganchó al pecho, mientras la gine me cosía 5 puntos por un pequeño desgarro. Luego todo el mundo salió de la sala y nos quedamos los tres solos. Nuestro pequeñín nos miraba con esos ojos grandiosos y nos enamoramos de él desde ese instante y para siempre.

Si te ha gustado este post, comparte, porfa! Y si te animas y me dejas un comentario, ya me vuelvo loca!! :)
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.